El lector afortunado
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Los poemas de amor
suelen ser particularmente difíciles. O al menos, lo son para mí, ya que
siempre es complicado desplazarse por los andariveles equívocos de un
sentimiento que es ambiguo, vivificante y mortífero, todo a la vez. Pero lo
verdaderamente difícil es innovar en este terreno. ¿Cómo hablar de algo que es
a la vez intimo y que uno quiere hacer público de alguna manera? ¿Cómo decidirse
a contar lo que es muy esquivo de relatar? Ya que el amor parece un estado mas
que una historia. Un momento mas que un episodio. Una iluminación, más que un
camino tenue en el tiempo. Pero esto vale para el sentimiento, otra cosa es al amor
como proceso, como pasión, como movimiento del sujeto que trasciende algo de su
ser y que, en cierta manera, se impone al tiempo y a sus vicisitudes.
Contar todo eso en un
poema cuando es uno el protagonista o cuando uno es el testigo, resulta
delicado. Se puede utilizar el humor y en ese sentido es refrescante y ligero,
pero los cultores del poema romántico rara vez lo usan. Mas bien, derivan casi
siempre hacia la tragedia, el desamor, el olvido, lo ominoso y oscuro que se
impone – tarde o temprano – a los enamorados. El sufrimiento es siempre la
fruta preferida del postre de los romanticismos y cómo desde muy temprano se
sospecha que eso oculta algo más siniestro que el dolor mismo, es mejor eludir
con finura esas conclusiones en un poema. Lo duro del amor debe ser – me parece
contado con firmeza y sobriedad, que el dolor, si lo hay, esté en segundo plano
que el relato y qué las alegrías que el amor brinda (puesto que las hay,
queridos poetas, las hay) sean dichas con la sencillez de las buenas noticias.
El sufrimiento, el
desamor, la distancia, el dolor de las separaciones existe, desde luego, pero
me gusta la frase de Milán Kundera “Los amores son como los imperios: cuando
desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también”
que une la grandeza del amor, con su construcción y su mantenimiento. También
nos advierte sobre su desaparición poniendo el acento no sobre el calor de las
emociones, sino sobre la representación que sostiene una obra humana. Y es
cierto, que el amor es propiamente humano y que quizás mas importante que ser
amado es amar, puesto que en eso movimiento ponemos en juego nuestra falta y
nos mostramos más débiles, pero también más verdaderos, al menos hasta donde
podemos serlo los seres humanos. “Amar es dar lo que no se tiene a un ser que
no lo es” definía alguna vez Jacques Lacan para situar el amor como una ficción
entre dos faltas y en este sentido es que el amor es imposible de soslayar en
cualquier existencia y quienes no se animan a transitar su precariedad
abordando esta pasión, me parece que carecen de algo que podríamos llamar el sentimiento
profundo de la vida.
Quien ha construido
unos poemas de amor extraordinarios es el escritor Jorge Leónidas Escudero, sanjuanino,
quien falleciera en 2016 dejando una obra mas que sorprendente por su calidad y
agudeza. La que hoy nos referimos es Te Quié… (77 poemas de amor) libro
publicado en julio de 2020 por Ediciones en Danza y en cuyo ensayo preliminar
Ricardo Herrera afirma que “Otro tanto sucede con los severos contratiempos de
su vida sentimental, los conjura con una hilaridad terapeútica, catártica” y llama
la atención sobre “esa seriedad suya que se reviste de humor para ser efectiva,
un humor que constituye la virtud central de su poesía”
Así en el poema
Paleozoico inferior afirma: “Cierta vez me hiciste un beso rápido, urgente, / o
tal vez lo soñé, pero no creo/ Inocente de mí que me entusiasmé/ y eché a andar
calles propalando/ que me querías” para concluir con una sonrisa socarrona: “Si
lo soñé o no vos lo sabrás; / pero estás muda, porque no te gusta/ hacer excavaciones
en busca de fósiles”
En otro escrito sostiene
“El desierto señores, el desierto:/ querido alumnos, el desierto/ Ilustremos el
caso. Miren:/ el caminante que va ahí se ha excedido/ de él mismo, busca agua,
/ recibe ser y distancia interminable” y termina: “_Reflexionen/ Pido un minuto
de silencio por la muerte inmediata/ del aventurero ese, pobrecito, / que entendió
mal un gesto del desierto y acudió/ a buscar oasis en un espejismo/ Pónganse de
pie. Gracias”
Los poemas de Escudero
navegan así entre la tragedia de los amores no correspondidos y un humor divertido
que vuelve inútil todo lamento y que hace que el lector agradezca su posición
en el amor: la de un sujeto que no desdeña la experiencia a pesar de que pueda vérselas
con el dolor y la angustia gracias a ella. Es un sujeto que no hace de su amor
una prenda de grandeza personal sino simplemente una condición de nuestro ser
de hombres. Esto es, nos enamoramos porque no podemos evitarlo, pero si podemos
por medio de una sonrisa cómplice, eludir de manera victoriosa nuestra desdicha.
En ese sentido, Escudero no es un romántico, ya que no culmina en el sacrificio
por la amada, ni en la desolación del enamorado impotente. Sabe, y esto es lo
importante, que nuestra época es la época de las comedias, donde salir de un
aprieto es equivalente a una buena carcajada.
Lejos, asimismo del
cinismo, afirma en un poema denominado Destino que: “Ayer cuando venía de no sé
dónde/ se me cruza mujer como otras veces y dice/ salite/ de andar entre los
buscadores de no encontrar. / Fue triste que hermosa mujer esa me diera/ tal
consejo de madre, porque aunque es verdá/ no puedo bedecerle pues me pasé la
vida/ en intentar lo desconocido y ahora/ ¿qué hago con la costumbre de no encontrar?
/ Di la espalda, cabeza/ bajé y la bella consejera otra vez/ se sintió defraudada.
/ ¿Pero es que qué culpa tengo yo si/ al revés de lo que opina tanta gente/ me
complace buscar lo que no encuentro?”
Obsérvese el uso
particular de la lengua, con invenciones de palabras como “bedecerle” y formas
gramaticales antiguas, ancladas en un castellano regional, cuyano y particular.
Que lejos de oscurecer el mensaje del poema, lo transforman en un ramillete de
significaciones impensadas.
Es que Escudero fue un
auténtico poeta, de aquellos que transforman la lengua que tocan, la dotan de
significaciones sorprendentes, y mas que transmitir una enseñanza nos enseñan que
la lengua es lo que nos constituye y que hablar de amor, es una manera de situarnos
a nosotros mismos como hijos de ese hablar y que el objeto de ese amor, esa mujer u hombre distante es como el mismo lo afirma “Yo es que antes nunca vi
esa mujer/ pero la reconocí./ Ahí está el problema porque ¿cómo/ es eso de que ocurran
cosas/ tan sentimentales y absurdas?”, indicando de esta forma que nuestros
objetos amorosos que parecen contingentes están anclados en el devenir histórico
de nuestra vida.
Un libro, en suma,
para encontrar una experiencia renovada del amor, al menos en las letras. Para
acercarse a una voz que nos hablará con una originalidad para nada afectada,
sino profunda. Un libro que cambia la lengua, única forma que permite una
renovación de nuestros movimientos. Nunca como antes, además, se notó que el humor y
el amor estaban tan cerca como dos letras de diferencia.
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