El lector afortunado
(3)
Una cierta forma de la poesía, la inspirada en un movimiento pictórico, arquitectónico, escultórico, literario y musical llamado el barroco, apuesta por las imágenes recargadas y enigmáticas y por un esfuerzo de equivocidad que obliga a una lectura laboriosa si se quieren “entender” alguna de sus aventuras. Es una poesía compleja, de enorme poder evocador y de una potencia lingüística considerable. A pesar de ello, no es mi preferida, no obstante, los consejos de Lacan que veía en el barroco un fenómeno de escopia corporal, es decir, de la manera en que la mirada del Otro (que podía ser Dios para muchos creyentes místicos del Renacimiento) transformaba los cuerpos en figuras casi topológicas que expresaban el movimiento pulsional efectuado sobre los orificios corporales. Mas allá de su utilidad clínica y teórica, sus creaciones poéticas me resultan recargadas en exceso. Otro tanto, pero en las antípodas del barroco, me ocurre con el surrealismo: exceptuando notorias elaboraciones, sus cultores clásicos me parecen ingenuos. Extremando la rareza de sus metáforas al final se vuelven totalmente previsibles. Quiero aclarar que cuando digo que una corriente o sus representantes no me gustan es sólo eso. No resultan, para mí, agradables.
No
obstante, reconozco su valor literario, psicoanalítico o creador, y les otorgo
un lugar en el Parnaso de las Letras, lugar que no conviene, creo, visitar muy
a menudo.
Entonces, conforme a
ese gusto, hoy destacaré un poeta cuya aparente simplicidad es evidente. Se
trata de Frank O’Hara (1926-1966), uno de los representantes de los que se
llamó Grupo o Escuela de New York, mas bien perteneciente a los cultores del
Pop Art, al “incorporar objetos e iconos de la civilización contemporánea en
sus poemas” como afirma claramente su preciso traductor, Rolando Costa Picazo,
en un libro titulado Meditaciones en una emergencia y otros poemas, editado en
el 2014 por la editorial Huesos de Jibia. El libro no solo es bilingüe, sino
que tiene comentarios de todos los poemas, hechos por el mismo Costa Picazo y
colocados como notas al final del pequeño volumen.
Lo interesante de este
poeta es que – a semejanza de muchos integrantes de la beat generation – concibe
a la vida misma en un esfuerzo por colocarla en el poema, sin olvidar que
cuando se lo hace la vida se torna simbólica y también otra cosa que el
esfuerzo del cuerpo por medirse con los elementos.
Así en un poema
titulado “A un paso de ellos” O’Hara, comienza con una enumeración muy precisa:
Es mi hora de almuerzo, así que salgo
a caminar entre los taxis
color zumbido. Primero, por la vereda
donde los obreros alimentan sus sucios
torsos relucientes con sándwiches
y Coca Cola, con sus cascos amarillos
puestos. Los protegen de los ladrillos
que caen, supongo. Luego sigo
por la avenida donde las faldas dan vueltas
sobre los tacones y se inflan sobre
los enrejados.
Y esta multitud de elementos
dispares muestra sin duda la vitalidad de un día neoyorkino, pero al final de este
hermoso poema – donde se menciona la muerte y Jackson Pollock y otros amigos
como algo que hizo vacilar la vida sobre la tierra – nuestro escritor vuelve a
un amor fundamental diciendo:
Un vaso de jugo de papaya
y de vuelta al trabajo. Mi corazón está
en mi bolsillo, Poemas de Pierre Reverdy.
También hay un poema
donde se recuerda la muerte de James Dean, de una manera tierna y conmovedora:
Miss Lombard, éste es un joven
actor de cine que acaba de morir
en su auto deportivo Porsche Spider
cerca de Paso Robles camino
a Salinas para una carrera. Éste es
James Dean, Carole Lombard. Espero
que seas buena con él allá arriba.
De igual manera el
final del poema “El día que murió Lady” sobre la desaparición de Billie Holliday,
rebosa de un sentimiento profundo, sólo enmascarado por un recorrido diverso
por el New York de sus sueños, y que concluye diciendo:
con aire causal pido un cartón de Gauloises y un
cartón,
de Picayunes, y un NEW YORK POST con el rostro de ella
y estoy sudando mucho y pensando en
cuando me apoyé sobre la puerta del baño en el 5 SPOT
mientras ella susurraba una canción a Mal Waldron
junto al teclado y todos y yo dejamos de respirar.
Pero, además de retratar
de manera genial la vida diaria, también en O’Hara hay meditaciones intensas,
aunque siempre edificadas entre las postales de la vida diaria o de las
asociaciones del poeta tal como sucede en este poema titulado con una
dedicatoria a otro gran poeta de su tiempo, John Ashbery:
No puedo creer que no haya
otro mundo donde sentados
nos leeremos poemas uno al otro
en lo alto de una montaña en el viento.
Tú puedes ser Tu Fu, yo seré Po Chu-I
y la Dama Mono estará en la luna
sonriendo por nuestras cabezas desproporcionadas
mientras contemplamos posarse la nieve en una rama.
¿O nos habremos ido realmente? ¡Este
no es el pasto que veía en mi juventud!
y si la luna, cuando salga
esta noche está vacía: una mala señal,
que significa “Ustedes se van, como los pimpollos”.
La poesía de Frank O’Hara
tiene la frescura de lo diario y el restallante látigo de algunas imágenes
inolvidables. Leerlo es asomarse a un modo de descripción literaria que toma
trozos de lo vivido para insertarlo en un discurso poético que transforma,
muchas veces su significación. Hay poemas de amor muy bellos, hay notas de la
existencia, hay referencias culturales pero puestas ahí como simples carteles
de la ancha avenida de lo cotidiano, sin ninguna afectación, hay defensas de la
homosexualidad que no carecen de humor, hay el esfuerzo de la construcción de
un sentido provisorio que esta sostenido por una firme pasión de vivir. Leerlo
es asomarse a momentos que sólo la lengua de un poeta puede destacar sobre
otros.
Como dice Rolando
Costa Picazo en su magnífico prólogo “Medio en broma, porque los manifiestos y
las facciones lo irritaban, O’Hara escribió uno que denominó “Personismo”. Se
trata del movimiento de una sola persona”
También afirmó que no quería
usar sus poemas para desnudar el alma, comunicar ansiedades secretas o dar información
sobre su vida, sino para dar al lector la ilusión de una charla íntima y espontanea
entre dos personas, como si fuera que el también participa de esa charla sin
estar invitado.
Frank O’Hara murió
atropellado por un coche, en Fire Island una playa del estado de New York, el 28
de julio de 1966.

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